Militares, voluntarios y personal de limpieza se afanan por liberar el drenaje y retirar escombros, aunque volver a la normalidad parece muy lejano para sus habitantes de Valencia.
“Psicológicamente estamos muy tocados. Físicamente, muy cansados”, describió Raquel Rodríguez, residente de la localidad de Paiporta, considerada la zona cero de la desgracia que comenzó el 29 de octubre pasado.
A esta economista de 43 años la furiosa tromba de agua le sorprendió saliendo del supermercado.
Tuvo suerte y pudo refugiarse en una zona elevada, pero aún no ha podido asimilar lo que vio.
Su departamento, a pie de calle, quedó arrasado y lleva un mes durmiendo con familiares.
Ahora pasa los días tratando de organizar la retirada de lodo del garaje comunitario, que temen que provoque daños estructurales, y para lo que dependen de la solidaridad individual.
“Si no fuera por empresas privadas, voluntariado, porque las administraciones públicas, cero”, lamentó.
“Los vecinos se sienten abandonados”, insistió.
Falta ayuda
“Hace falta mucha ayuda”, afirma José Moret, un jubilado de 70 años que espera su turno.
A sus espaldas, el barranco del Poyo, un cauce natural de aguas pluviales, muestra todavía las huellas de la violenta riada.
Aunque algunos comercios comienzan a abrir, la intendencia sigue siendo complicada teniendo en cuenta que la mayoría perdieron sus coches, ahora apilados en impresionantes montañas a las afueras.
A pesar de que los gobiernos aprobaron medidas de auxilio financiero, Mari Carmen Cuenca también se siente sola.
De su casa, a unas manzanas del barranco, apenas pudo salvar nada.
“Han quedado cuatro paredes de la casa, no queda nada más”, explicó esta mujer menuda de 54 años, que lleva ropa prestada y se aloja con su familia en casa de unos amigos desde entonces.
A un mes de las devastadoras inundaciones en Valencia, España, por las que murieron 229 personas, el lodo de los primeros días se convirtió en un polvo marrón que envuelve las calles, en medio de un olor a humedad y aguas residuales.








